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Cast Clash

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Cast Clash

Mensaje por AlexB el Jue Ene 28, 2016 4:43 pm

Y ahora estaba ahí, completamente vulnerable, débil e incapaz de moverse. Era esa situación a la que había temido toda su vida, el dolor o la presencia de una muerte casi segura jamás lo habían desalentado y a pesar de ello, en ese momento sabía que solo podía confiar en que su nombre y su legado perdurasen bajo la mirada del que para bien y para mal era el único verdadero amigo que había tenido en su vida. Nada más le restaba pedir de la vida que había vivido, mientras esperaba que su inevitable agonía llegase a su fin de una vez, consciente de que el final estaba tan cerca que podía verlo tan real como percibía el olor de su propio cuerpo en putrefacción, corrompiéndose allí donde había sido alcanzado mortalmente por una fuerza de la naturaleza igual que él. ¿Pero de qué otra forma podría haber sucedido? Al gran Robert Baratheon, el guerrero encarnado en persona, no había sido la sucesión de los años ni la mano de un rival lo que por fin lo había derribado. Había encontrado la muerte en un combate singular con una fiera del bosque, una que sabía con los años los relatos exagerarían hasta convertir al jabalí en un monstruo descomunal y a él en un héroe al que había herido a tal punto que para ese momento no habían sido más que buenos deseos y plegarias lo que le restaba por decir a los cortesanos, con la misma falsedad que todos habían utilizado para alabarlo a lo largo de los años y él ya lo sabía, era su hora.

Con el Desconocido a cada momento un paso más cerca, solamente había una sola cosa de la que se arrepentía. Pero no era el no haber sido un mejor padre para sus tres y otra veintena de hijos, ni un mejor rey para todos los súbditos en los siete reinos y por supuesto que tampoco lamentaba el no haber sido un mejor esposo lo que lo atormentaba en sus postrimerías. Y parecía ser que su corazón se recogía, causándole un dolor todavía más grande que el que lo embargaba físicamente, cada vez que pensaba en ella de la misma manera en que se había prohibido a sí mismo hacer desde hacía años pero que no cedía en lo más mínimo con el tiempo y en cualquier momento, durante cualquier descuido de sus pensamientos, era  capaz de volver a arremeter con la misma intensidad que el primer día.

Sabía que nadie lo había registrado así y también sabía que era demasiado tarde para preocuparse por cambiar cosas tan mínimas, pero aunque el Largo Verano todavía estaba distante en ese entonces, el calor había comenzado a sentirse después del año de la Falsa Primavera, desplazándose la nieve permanente por el sol en lo alto, calentando más de lo que podía recordar durante las largas marchas a las que se había visto sometido su ejército tras avanzar desde el sur para reunirse con sus aliados. Jamás había tenido tanto calor como ese día, sofocándose tras largo rato en su armadura, con apenas la visera del yelmo como ventana para respirar y negándose a despojarse de sus atavíos, esperando a la primera oportunidad de encontrar para lanzarse contra el ejército enemigo, aquellos que luchaban para mantener a una familia de dementes en el trono, impunes de sus crímenes y enceguecidos por añoranzas de dragones y poder que parecían no comprender no provenía de un derecho divino más que de aquellos que sostenían esa posición para ellos.

Entonces lo vio, un número de hombres más grande que el que jamás había visto reunido y que en décadas jamás se había presentado en los Siete Reinos, ahora en la ribera opuesta del Forca Verde, único paso seguro ante el impresionante caudal que todavía presentaba el Tridente por esos tiempos y que lo separaba de poder rescatar a su amada de las garras de aquellos monstruos, que era la única manera en que se permitía pensar respecto a ellos. El Rey Loco no se había ganado su apodo en vano y Robert estaba seguro de que Lyanna estaría en Desembarco para ser utilizada como rehén y quizás cuántas atrocidades más antes de que pudiese llegar a rescatarla. Y todos aquellos que intentasen detenerlo encontrarían la muerte y particularmente aquel al que todos llamaban príncipe cuando no era más que el más vulgar de los ladrones.


Rió en su lecho, en un acto que pareció más un espasmo que una carcajada al pensar que cada vez le resultaba más difícil recordar cómo había sucedido todo y sus puños arrugaron las sábanas con la fuerza de uro que había poseído toda su vida.

Para ese momento los hombres ya habían cruzado armas un largo rato con sus enemigos mortales, su montura tenía dos flechas incrustadas en el lomo y a pesar de ello el garañón seguía cargando una y otra vez con el mismo ímpetu que su amo, lanzando coces en todas las direcciones y hasta mordiendo a los animales de quienes se batían con el Baratheon, lanzándose a su encuentro en un desesperado intento por ganar gloria al acabar con el líder de la rebelión, cuando lo único con que se encontraban era con una muerte segura ante su martillo de guerra. Incontables soldados comunes y caballeros cayeron ante él y de ninguno tenía recuerdo más que como unas sombras que en más de una ocasión volvían a aparecer ante él en sueños, mismos que se habían ido reiterando, agobiándolo con el recordatorio de que cuando supuestamente lo había ganado todo, había sido solo para perder aquello que era lo que más le importaba.

No caían truenos ni llovía, la  tormenta no era necesaria cuando él estaba presente y ese día desataría sobre su enemigo toda la furia que relataba el blasón de su familia. Espoleó, alzando su mazo a los cielos y clamando venganza contra aquel que había apartado a su amor de su lado, galopó entre las aguas del Forca, maldiciendo y blandiendo el martillo certeramente contra todos los que se oponían a su avance para darse de frente contra el Targaryen. Ni siquiera volteó a mirar a los caballeros que lo seguían, ensimismado y sin nada más en su mente que su nombre, pronto ambos contendientes estaban descabalgados, con los compañeros de armas de cada uno batiéndose a su vez para que nadie se interpusiese en tan regio duelo. Con el agua hasta las rodillas, giró lanzando un golpe y luego otro, poniendo en ello toda la fuerza que tenía y toda la ira que había acumulado. Un crujido y luego otro antes de destrozar el escudo del príncipe, tan loco como su padre, pero al parecer más valiente pues había por fin dejado de esconderse detrás del trono y había ido a su encuentro, mismo que definiría el resultado de todo. Su armadura toda negra y decorada de escarlata, mostrando ridícula opulencia real llena de rubíes, contrastando con la robustez de las protecciones del Baratheon y su cota de armas ya raída mostrando lo que quedaba del blasón de su casa y que sabía era un buen espadachín, no en vano consiguió asestarle un par de estocadas pero que para él no significaban nada. Golpeó otra vez y otra vez hasta que consiguió derribarlo entre las heladas aguas del Tridente. Antes de que pudiese incorporarse hizo su espada a un lado con un golpe enérgico y por fin lo tuvo ante sí, a su merced, pudiendo ver mechones de ese cabello casi blanco cubriendo en parte sus aterrorizados ojos púrpura justo un instante antes de sesgar su vida para siempre. La sensación en sus manos ante la fuerza ejercida sobre el martillo de guerra y luego cómo éste se había liberado, hundiéndose contra el pecho del príncipe mientras los rubíes saltaban al aire, era algo que jamás había podido olvidar. Un último grito clamando victoria, rodeado de caídos en el río mientras los hombres se arremolinaban a su alrededor, desesperados por hacerse con parte del accidental botín y ensombreciendo todo a su alrededor.


Ese había sido el momento más glorioso de su vida, su más grande victoria y a pesar de todo, no había servido de nada. Luego, solo le restó enterarse de la más amarga verdad y asumir una corona, una carga de responsabilidades y una vida que no había pedido y que jamás quizo.
Dejaría entonces todos sus asuntos listos para asegurar el orden en ese mundo que en cosa de instantes dejaría de ser el suyo, para dirigirse allí donde los dioses lo juzgarían y su corona no pesaría más que la pluma de un gorrión. Y mientras hablaba con el norteño, expresando sus deseos, su mente no podía dejar de pensar en ella, en cómo no había sido lo suficientemente fuerte ni rápido para salvarla. Entonces, como una visión, a la vez que exhalaba su último aliento, sobrevino el recuerdo de su rostro, al que creía haber olvidado y que los siete infiernos lo llevasen, sin ningún cambio y a la perfección, pudo volver ver tal y cómo era el rostro de Lyanna, sin ya lágrimas en su mejillas, sonriéndole.
AlexB

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